jueves, 25 de abril de 2013

Elena

A Elena le encanta la piña. Para ella supone un éxtasis culinario. Esa textura, esa frescura, ese sabor...esos recuerdos. Porque sí, a Elena la piña le recuerda a un día de invierno cualquiera, lluvioso, de febrero. 

Efectivamente, febrero es un mes perfecto para las piñas pero, además, febrero es el mes donde tuvo lugar la historia de Elena. 

Por aquel entonces, en ese año de dudosas expectativas y ardientes inseguridades, Elena tenía a alguien. Un chico. Ni alto, ni guapo, ni nada. Un chico normal (o eso creía ella...). Pasaron los meses - dos - y Elena decidió darle una sorpresa. 

Dios, no os podéis imaginar lo ilusionada que estaba Elena mirando en esa pantalla luminosa los horarios de los trenes que debía coger. 'Hay uno a las 4 y otro a las 7, ¡debo ponerme guapa para él!' - decía. 

Como hemos comentado ya, el chico no tenía nada del otro mundo. Un tirillas cualquiera, que distaba mucho de la amabilidad y la simpatía, pero claro...para Elena era algo especial. Elena era muy inocente, pero claro, ¡qué se puede esperar de una chica de 17 años! 

Y así Elena se vistió y se despidió de su madre. 'Mamá, ¡me voy!'. A su madre no le gustaba ese chico, llamado Jorge. 'Hija, ¿estás segura de lo que vas a hacer? Te veo con muchas expectativas y, por lo que me has contado del chico, no sé...'. A Elena, por supuesto, le salían los comentarios por sus oídos tan pronto como le entraban. Salió de su casa, ilusionada, con una sonrisa de oreja a oreja, y cogió el ascensor. 

Llegó a la estación y cogió el primer tren. '¡Qué nervios!' - pensaba ella. Vio cómo se alejaba y alejaba, hasta llegar a una segunda estación, donde debía coger un segundo tren para llegar a su destino final. Destino que, por otro lado, juraría más adelante no volver a pisar. Nunca. 

Durante el trayecto - en el segundo tren - Elena sintió algo raro. No eran nervios, pero tampoco era emoción. No era tristeza, pero tampoco era alegría. Lo que Elena sintió fue el primero de sus muchos ataques de pánico. 'Dios...¿qué estoy haciendo...?'. Y es que Elena recordó la última conversación que tuvo con Jorge. '¡Jorge! Voy a ir a verte mañana después de comer, ¿te apetece?' -a lo que él respondió- 'Béh, haz lo que quieras...'. Daba igual. Elena iba a llegar hasta el final, ¡tenía que hacerlo!, aunque ella aún no sabía a qué precio. 

Al bajar del tren, nadie esperaba: 'Jorge, ¿dónde estás?'... A Jorge se le había olvidado que Elena le iba a visitar esa tarde, y le indicó los pasos que debía dar para llegar a su edificio. Era lo que, actualmente, conocemos como 'zona chunga', poco segura, con gente rara, un ambiente...en fin, poco acogedor. Además, Elena llevaba como 5 noches sin dormir debido a los estudios, que le tenían extremadamente agobiada. 

'¡Hola Jorge!'. Elena había llegado. Llevaban semanas sin verse, por A o por B, aunque casi siempre por B, y estaba muy ilusionada. Él, por el contrario, mostraba una actitud pasiva, indiferente, casi siniestra. Él le dijo que vivía en la 6ª planta, pero detuvo el ascensor en la primera. '¿Es que no vamos a tu casa?' - dijo ella. 'No. Está mi madre, y no podemos....'. Elena sintió deseos de salir corriendo al instante, pero claro, él le puso una sonrisita picarona, de esas suyas, poderosas, manipuladoras. Elena no pudo resistir, y bajó del ascensor. 'Jorge, ¿qué haces?...Anda, súbete los pantalones'. No solo los pantalones no subieron, sino que ella fue forzada a bajar. 

Elena pensaba que la cosa acabaría ahí, pero Jorge quería más, y pensó en el sótano de su edificio, siempre vacío y oscuro. 'No quiero ir' -dijo Elena. 'Pues entonces lo nuestro acaba ahora' -respondió Jorge. Elena, con una horrible sensación en el cuerpo, decidió bajar con él. Y efectivamente, volvió a bajar, porque es lo que Jorge quería, solo que esta vez, solo subiría para irse a casa y no volver más. 

Elena hizo cosas que no quería hacer, unas por fuerza psicológica, y otras por fuerza física. La pobre Elena, con una sensación horrible de culpa, suciedad y tristeza, cogió el tren de vuelta y entró en su casa, de donde no salió en 8 días. 

Elena ya no era inocente, ya no tenía ilusiones, no sonreía, no cantaba ni bailaba. Apenas comía, no dormía. Elena solo vomitaba. Vomitaba para sentirse vacía, limpia. 

...

Elena no volvió a probar la piña, nunca más. 

1 comentario:

  1. Elena no probó la piña nunca más.
    Pero Elena encontrará otra fruta, una fruta que le guste aún más.
    Elena acababa de empezar. Mal, pero acababa de empezar. Quizás la piña se acabó para ella ese día. Pero sólo era piña al final. Había otras muchas cosas que probar.

    ResponderEliminar