miércoles, 27 de junio de 2012

The Little Pianist

     Yo era un niño. ¿Qué tenía...4 años? ¿5? Todas las semanas mi hermana daba clases de piano, y todas las semanas yo me quedaba fascinado.
   
     ''Te subías a la banqueta y te ponías a golpear el teclado. ¡Qué mal lo hacías! xD'' - me decía mi madre siempre.

    Un día, decidió que yo también empezaría a dar clases, y le dijo a la profesora que viniese una hora a la semana - los miércoles, creo recordar - a enseñarme.

     Se llama Elizabeth, una mujer de origen francés, siempre perfectamente vestida y aseada. La más absoluta definición de elegancia, serenidad y saber estar. Una maravilla de profesora.

     Me senté ante el piano, nervioso, y ella me dijo: ''Busca un Do''. No tenía ni idea de lo que me estaba hablando, así que primero me enseñó la escala. En unos meses aprendí ya unas pocas obras, sencillas, y al cabo de un año ya tocaba algo de Beethoven y Mozart. ''Aprendes muy rápido'' - decía. '' Tienes las manos pequeñas, pero se llevan bien con el teclado. Podrías llegar más lejos, ¿has pensado en apuntarte a dar clases de modo oficial y sacarte el título?''. 


     Ni me lo había planteado. Me gustaba que viniera cada semana y me gustaba como me enseñaba. Yo elegía las piezas que quería y aprendía bien....pero, ¿por qué no? Encontré una escuela homologada al conservatorio de Tetuán, la escuela Allegro para grado Elemental y Medio (hoy, Profesional, por los cambios en Educación Musical).

     Al principio estaba amargadísimo. Cada año tenía que preparar un programa con obras que no me gustaban, y los profesores eran estrictos e incluso crueles: ''Pero, ¿tú te ves? Estás tirando el dinero, chico, aquí no tienes futuro alguno. Mira, mira cómo toca este otro chico. Así es como debes tocar. Mal. Lo haces muy mal''. Gracias a la naturaleza y al apoyo familiar, fui lo bastante terco como para no rendirme. Así, fui superando año tras año - con mejores y peores notas - lo que se me exigía.

     Y así, tocó hacer el examen de Pase de Grado Elemental a Grado Medio. Nos prepararon bien. Vinieron 4 profesores del Conservatorio y nos examinaron de las correspondientes materias: Ritmo, Entonación, Dictado - a dos voces -, Teoría de la Música e Instrumento. Mi nota final fue un 7. Lo recuerdo perfectamente. Nuestra profesora de todo el Solfeo en general, una canaria de un humor muy negro, me decía todas las semanas: ''Sinceramente, dudo que apruebes, chico''. Esto es inmaduro, pero no sabéis lo bien que me sentó estamparle en la cara mi Notable 7 y mi acceso al Grado Medio (hoy, insisto, Grado Profesional).

      En el Grado Medio ya cambiaba todo. Se exigía mucho más nivel y las asignaturas ya no eran tan fáciles. La Teoría de la Música era más larga y difícil, y los Dictados y los Ritmos, más complejos. Así, dos años más. En Tercero y Cuarto de Grado Medio ya no se daba solfeo, sino Armonía, una asignatura muy útil en la que aprendes, en términos generales, el por qué y el cómo de las partituras. Las normas de composición básicas por las que una partitura estaba escrita de una determinada manera, y no de otra. El mejor, o así decían nuestros profesores, era Bach.

     Tras los dos años de Armonía y Música de Cámara (tocar a la vez con otro instrumento), empezaron las asignaturas propias de la Modalidad. Yo di, en esos dos años: Acompañamiento, Análisis, Historia de la Música, Estética y Acústica. No olvidemos que, a parte de estas asignaturas teóricas, había un repertorio de piano que preparar.

     Recuerdo la cara de la directora cuando me examinó de 5º GM. Le toqué Asturias (Albéniz), un nocturno de Chopin y la estrella de las piezas, la Sonata Pathetique de Beethoven. Me dijo con recochineo: '' Adelante, adelante. Toca''. No recuerdo haber dado un mejor concierto en mi vida. Mis manos no eran grandes, ni son grandes ahora, pero se deslizaban y fundían con el piano. La madre de otra chica que se examinaba igual que yo, lloró de la emoción y me dio las gracias al acabar. No puedo escribir lo que sentí entonces, pero pensad que fue una sensación increíble. Por supuesto, estaba aprobado.

      Este año ha sido más duro. Tras realizar mi examen de fin de carrera, tal que ayer, estuve esperando hasta que me dieron el resultado: ''Quizás te falte un poco para alcanzar el nivel de un Sexto de Grado Profesional, pero no has hecho el examen tan mal, y consideramos que, debido a tus otros quehaceres, no podrías hacer más. Por tanto, queremos darte la enhorabuena, estás aprobado''. 


      ¿Os imagináis? El fruto de todos estos años, todo lo cosechado, estaba siendo recogido. 4 años en casa y 12 años en academia (hice 5º de GM y 6º en dos años).

       Ha sido un año muy duro. He trabajado mucho, he pasado por muchos cambios, he aprendido cosas nuevas - y no solo a nivel de la Medicina - y he aprendido que quiero aprender más de lo que creía que quería aprender.

     Me llamo David, tengo 21 años y tengo una carrera y media. Y quiero más.

     Un beso a todos.

     ''Para que todos sepan: lo que siembran, cosechan; lo que cosechan, recogen''

sábado, 2 de junio de 2012

La Séptima Nostalgia.

     El siete siempre ha sido, en un porcentaje altísimo de la sociedad, el número por excelencia: el que más gusta y el que más ''suerte'' trae. Aunque, sintiéndolo mucho, no vengo a hablaros del número 7 a estas horas, como habréis podido imaginar...

     Recuerdo perfectamente el día que ocurrió. No la fecha, ni nada. No. Mi memoria funciona muy, muy bien con los sonidos y las imágenes, y no tanto para los nombres, desgraciadamente. Era un día soleado - debíamos de andar a final de curso, 2º E.S.O. - y estábamos, tras las clases, disfrutando de la habitual merienda en el McDonalds. De repente, ella me dijo: ''¿por qué no lo pruebas? De verdad, está genial''. Esa fue mi primera calada...la recuerdo con repugnancia. Tosí y dije: ''puaj, qué asco. Yo esta basura no la vuelvo a probar''. (¡JA!)


     Al día siguiente lo intenté de nuevo. Muy tonto por mi parte, sí. Pero yo era un niño, y además de niño, tenía otros muchos apellidos, como inestable, inseguro, sin autoestima, sin personalidad, débil -emocionalmente- y muy, muy manipulable. No importa, cada uno madura a su ritmo. Ese día le di no una, sino tres caladas. Con la primera me pasó lo mismo: tosí y tosí. ''No te tragas bien el humo'' - me decían. ''Tienes que inspirar fuerte tras dar la calada, ¡lo tienes que notar! Lo decían con tanta admiración, que claro, ¿cómo resistirse? ¡Lo tenía que notar! Entonces le di un par de caladas más, y ahí estaba...como bajar de la Lanzadera, como olvidarte del mundo por un instante, como una inyección de adrenalina. ¡GENIAL!

     Unos días después me compré el primer paquete. Tampoco lo olvidaré jamás. Era Camell.

     Desde entonces, el paquete de cigarrillos me estuvo acompañando a todos los lados: al colegio, a casa, a la piscina, a la playa, de vacaciones, de fiesta, con los chicos - miento, hasta el bachillerato no hubo chicos, eso es posterior - al Vips de Colombia, al Irish, los recreos, los descansos de estudio...a todo los lados.
Puede parecer absurdo, pero aportaba más de lo que yo creía, por entonces...

     Llegó el cambio. Ya no íbamos al colegio y tocó empezar el bachillerato. Mucha gente fumaba, así que no era nada extraño que yo también lo hiciera. Lo cierto es que en primero de Bachillerato lo conseguí dejar del todo, pero en segundo - por razones obvias, y quizás otras no tan obvias para los demás - no pude evitar recaer. Aún me faltaba la capacidad de decisión propia de la edad, el saber decir que NO a tiempo. En segundo ya no fumaba Camell: fumaba un poco de todo, Chester, Lucky (repugnante), Marllboro...en fin, cualquier cosa menos Fortuna (Fortruño por su capacidad de hacer que tengas que ir al baño al instante. No entiendo como la Dra. Colado no los ha mencionado en su tema de Fármacos para el Estreñimiento, porque sus efectos tenían lugar en minutos, y en segundos si se mezclaban con un café. Un amigo decía: ''Café y cigarro, muñeco de barro''. Cómo le echo menos...xD).

     En los veranos me acompañaba a las habitaciones. Después de las comidas, en mi habitación - en mi terracita - con la música puesta (clásica o moderna, daba igual) , no había nada mejor (o al menos eso pensaba yo por entonces). Al final me quedé con Marllboro Light. Era algo más caro que los demás, sí, pero era el que más me gustaba. Los demás me sabían muy fuerte o a demasiado alquitrán. Eran mis momentos del día. Mis minutos de evasión, de reflexión, hasta de diversión. A los que fumáis: ''Qué cigarro se disfruta más que el de después de una comida o de un buen polvo?''

    Los dos primeros años de carrera fueron asombrosos. Todo iba acompañado de un cigarro. Preexamen, postexamen, época de examen, salir (mil cigarros), tomar cañas, quedar con alguien, conducir, en casa -no en el baño- en el parque, en la piscina, en los lugares de veraniego....todo. ¿Aportaba algo? - Os preguntaréis algunos. ''Sí que lo hacía'' - os respondo. Aportaba seguridad ante situaciones difíciles. Por ejemplo, si tenías una primera cita, y no sabías de qué hablar, te metías la mano en el bolsillo, y ea, a disfrutar. También servía -momentaneamente- si habías tenido una discusión, o una pelea. Si sabías fumar bien (''el que bien sabe fumar, no echa el humo al hablar'') podías aprovechar hasta 10-12 minutos de paz. Muchos pensaréis que eso lo puedo encontrar ahora en otras cosas, pero no creáis...está más difícil de lo que parece.

     En fin, son buenos recuerdos, no lo puedo negar...

     Fue en el verano de segundo cuando me empecé a dar cuenta de que a lo mejor ya era algo que me estaba haciendo daño en el cuerpo. Yo - y no es por presumir - siempre he pensado que tengo una sonrisa bonita, sonrisa que, por otro lado, se estaba volviendo demasiado amarilla. También tengo una alta fijación por las manos, y estaba viendo que mis uñas empezaban a amarillearse, y después de fumar es quedaba ese ebriagador olor: en el pelo, en la ropa, en el aliento, en la piel,...en el ambiente, en general.

     Empecé reduciendo. Primero, solo en fiestas. Después, uno o dos a la semana. Estuve así bastante tiempo, hasta que llegué a la que ahora es mi universidad. De hecho, empezó algo antes: al dejarme mi novio -al cual quise mucho, y algo más- decidí cambiarlo todo. Mi cuarto ya no es azul, sino rojo, cambié de sitio las cosas, modifiqué el cuarto de baño...todo, hasta las fotos las retoqué para que fuesen distintas. Ahí decidí que también tenía que dejar de fumar (cuando lo normal, quizás, habría sido darle al humo a base de bien...). Respecto al cambio de mi universidad, la versión fácil es que, gracias a un fantástico cólico biliar que me llevó derechito al quirófano, lo dejé del todo, pero lo cierto es que hay otras razones, razones que muy pocos conocen, y otros pocos intuyen.

   He escrito esta entrada hoy, porque es hoy, y no otro día más que hoy, que hago nada menos que SIETE meses sin fumar. Algunos pensaréis: ''pues qué bien''. Mis padres, hasta no hace mucho, cuando llegaba a casa rodeado de sobresalientes, no había regalo, ni aplausos, si bien había un sencillo ''enhorabuena''. Daban por hecho que era y es mi obligación. Vosotros pensaréis lo mismo, que era hora de dejar de fumar, que 7 meses no es tanto. Pero es más difícil de lo que parece. Yo cuando fumaba dormía bien, los amores los llevaba bien, los estudios y sus nervios los llevaba mejor, y en sociedad me sentía más cómodo. Bueno, cada vez eso va a mejor (lo de la comodidad en sociedad, digo, el resto está en proceso positivo).

     Y nada más. A los que, como yo, lo hayáis intentado dejar mil veces y hayáis vuelto siempre, pensando que es imposible, os animo a que lo sigáis intentando. Algún día, algo - o alguien - os dará una buena y bonita razón para dejarlo, y si no, siempre podéis pensar en los beneficios que tendrá para vuestra salud, vuestro aliento, vuestras uñas, vuestros dientes,...

     ''TODO VICIO SE PUEDE DEJAR ATRÁS: BASTA CON TENER VOLUNTAD. PARA AVANZAR, HAY QUE QUERER AVANZAR''.


     Un beso fuerte a todos.